miércoles, octubre 24, 2007

La noche se perdió en tu pelo

La noche se perdió en tu pelo
y el mar se sintió celoso
y quiso en tus ojos
estar él también.
Sandro

Me mataba Sandro. Sobre todo ese tema, porque Roberto lo cantaba para mí en su guitarra, esas noches, sentados en las pircas. Eran los tiempos en que vivíamos en Nueva Seminario, frente al Parque Bustamante. Cómo se morían de envidia y me odiaban las grandes que andaban detrás de él. Yo tenía quince, mocosa chica. Las otras eran las típicas viejas de cuarto medio.

-Ya están listas para mamá y pagando escolar- le había dicho el micrero a la guatona Annie cuando subió en la esquina de Avenida Grecia, ante la risotada de todas las otras que habíamos subido primero.

La guatona Annie y la Andrea no es que anduvieran detrás de Roberto, es decir que lo perseguían, se arrastraban, se morían por él. Yo también rayaba por Roberto, en realidad. Pero no lo demostraba, ni loca: punto a favor ante los ojos amarillos de ese hombre bello que cantaba, la noche se perdió, como yo, en tu pelo, y susurraba, como quejándose, y dejaba la guitarra para poner su cabeza entre mis enredaderas de pelo largo y seguía cantando despacito, el mar se sintió celoso y quiso en tus ojos estar él también, y me mordisqueaba la oreja y su respiración se hacía agitada. Yo temblaba cerrando los ojos, sintiendo que estaba en el mismo cielo; las mejillas se me ponían rojas, las orejas ardientes y el corazón saltaba en mi garganta a un ritmo de tambores y rituales. Empezaba a tener miedo de las emociones que me embargaban por primera vez, que se iban apoderando de mi joven cuerpo, desapercibido como una hoja en blanco.

Pero había algo que me molestaba de Roberto. Era lo único, en realidad. Me costaba soportar sus caras largas, sus enojos cuando yo me iba a las concentraciones con todo el barrio Seminario. Él, no solo no iba nunca a ninguna marcha ni participaba en nada que oliera a rojo, decía, sino además, se ponía furioso, dejaba de hablarme, y después pasaba sin salir a verme como dos días.
-No entiendo por qué te gusta tanto andar apatotada con esa chusma gritando tonterías en la calle- era su discurso.

Pero en todo lo demás era un encanto. Se las traía Robertito. Estudiaba Medicina, estaba en primero. Tenía 19 años y venía de Punta Arenas, el lugar donde había nacido y donde aún seguía viviendo toda su familia. A mi madre no le gustaba para mí; lo encontraba mayor, decía, pero la verdad era otra: ella lo había visto, en nuestra casa, tirado en la alfombra, forcejeando arriba de la tía Pilar, amiga de la familia, acuarentada y regia en ese tiempo todavía.

-Se echa toda la plata encima, decía mi mami. Y yo no le veía ningún billete colgando por ninguna parte a la tía.
-Mírale el cuello, cómo se lo dejó ese muchacho Roberto, hacía notar mi mami, desesperada, no te vaya a hacer algo a ti ese fresco. Mira, nomás, a la Pili, cómo la dejó, toda moreteada, mordiscos y besos, casi le sacó la lengua, chupeteándosela, por Dios, esta mujer ya no está para estos trotes; un poco vieja para andar en estas cosas. No digo yo.

Violento el chico. Pura pasión. En cambio conmigo, puro cariño, aunque terribles besos y lengua pertinaz rodeándome las orejas, las comisuras de los labios, mordiendo despacito, aunque dicho sea de paso y en honor a la verdad, nunca me tocó más abajo del cuello. Vivía frente a mi casa. Me trastornaba ese hombre.

La última vez que lo vi, era tarde. Ya me había casado; estaba embarazada, incluso. Se quedó mirándome con sus ojos dulces y verde amarillentos con chispitas de gato en la noche. Yo, por supuesto, lo miraba hechizada, pendiente de sus gestos, el movimiento de sus labios, su sonrisa, el delantal blanco, mi amorcito, que llevaba en el brazo junto a un manual de anatomía y al estetoscopio colgando del bolsillo. También, cada cierto rato, yo miraba de reojo como haciéndome la lesa hacia el balcón de la guatona Annie; ahí estaban con la Andrea, escondidas detrás de las cortinas, sacándonos la película. Seguro que estarían pelándome, las envidiosas.

Roberto acarició mi pequeño bulto de cuatro meses y con su mano me quitó el pelo que se me había venido sobre la cara –mírenme nomás, guatonas, píquense; ni conmigo ni con ustedes, pero igual nomás, parece que más conmigo que con ustedes.

Me habló lento y bajito en la puerta de la casa.
-Te ves preciosa esperando a tu hijo.
-Si sé.
-Me habría gustado casarme contigo, dijo sonriendo.
-Haberlo dicho antes, le respondí coqueta.

No volví a verlo nunca más. Por eso, no puedo creer esto que leo en el diario. No es posible que todos estos años hubiera sido un funcionario de la muerte. El médico más hermoso de los años 70, mi dulce amorcito, el de los ojos con chispitas de gato en la noche, un maldito colaborador de los mil veces malditos torturadores. Y yo, ignorante de todo, tan lejos, ya sabes. El episodio en la embajada, adonde entré en el auto del cónsul escondida en el portamaletas, después del contacto que tú mismo hiciste para ayudarme a salir, justo a la semana siguiente de haberte encontrado en la puerta de mi casa, cuando decías lo linda que estaba y que te hubiera gustado casarte conmigo.

De: Vida de perras, Alfaguara, 2000.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué tristeza...

mentecato dijo...

Buenísimo texto.

Un abrazo.

Marcela Albornoz Dachelet dijo...

Perturbador / triste como la noche sonámbula que se llena de muertos/ la vida/ y el destino que no olvida/
eso somos/ y algo de ese Sandro que aún levanta polvos/ para sudar el polvo fuimos hechos..

indianguman dijo...

Qué vivo, qué natural, qué dulce escribes. como conversar contigo

Jael dijo...

hey! te encontre por casualidad... sabes estuve leyendo este libro de teresa calderon... me gusta el texto y tengo una curiosidad que me mata... siempre quise saber que era exactamente lo que hacia roberto... podrias decirmelo?