
En el ir y venir de los espejos ¿a quién vemos cuando nos vemos?
El otro yo, el más profundo habitante de nosotros mismos, el hombre que late al fondo de la mujer, y la todopoderosa al fondo de un hombre. En qué momento nos completamos; cuándo saltamos en añicos y nos descubrimos en los brazos del otro, débiles y absolutos, los pedazos del rompecabezas.
Durante años perseguí al hombre ideal. Los innumerables príncipes azules que desfilaron por mi corazón terminaban invariable y rotundamente transformados de azul a negro o pasaban de castaño a oscuro.
Cuando cesó mi ansiedad, cuando estuve dispuesta a no buscar, apareció mi príncipe, demasiado azul, lleno de brillos que me encandilaron. Pero igual que en los cuentos de hadas, este príncipe, de acuerdo a las viejas reglas de la hechicería, había sido convertido en un sapo y no se le notaba la casta principal. Venía como un gato magullado, herido de guerra, tras innumerables escaramusas en las riberas más pantanosas del peligro.
¿Qué parte de mi hombre interno llenaba este príncipe-mendigo con sus ojos violentos, con ese odio tan grande por sí mismo y por la humanidad entera que cargaba en su espalda? ¿Qué tenía que ver conmigo este príncipe-rana del pantano? Por más que pasaba mi mano por su pelo y acariciaba su cabeza no podía encontrar el alfiler enterrado por el maleficio de la bruja para sacárselo y poder desencantarlo para siempre. ¿Qué podía significar para mí este príncipe-espectro que ocupaba todo su tiempo en librar codo a codo con la desesperación, oscuras batallas contra la muerte?
Decidí buscar la huella de mis sueños. Y allí te vi y me viste. Empezaba agosto de 1990. Desde entonces amamos juntos la vida como un bien inapreciable que permitió este encuentro; un pequeño préstamo del tiempo, una concesión del azar para que tú y yo estemos juntos en esto que nos queda de vida, y juguemos a sostenernos para no caer despeñados por los desfiladeros. Y así vamos, seguros y felices como si tuviéramos un pedazo luminoso de inmortalidad entre nuestras pobres manos polvorientas.